Durante la semana del 1 al 5 de junio experimentamos lo que Confucio en algún momento mencionó: “Aquel que procura asegurar el bienestar ajeno, ya tiene asegurado el propio.”
Así empieza esta historia que nos acompañará durante toda nuestra vida: Nos presentamos a cumplir el requisito del trabajo comunal estudiantil en la Escuela Las Luisas ubicada en una humilde comunidad de Granadilla, Curridabat. Ahí encontramos a los que por una semana serían nuestros jefes, un grupo de niños de todas las edades que probablemente desconocían que nuestra presencia en ese lugar radicaba en mejorar su calidad de vida, pues al realizar mejoras en la escuela -esto de forma intrínseca- se coadyuva en que los niños tengan una mejor educación, más motivación para estudiar y mejores condiciones para salir a futuro del estado de pobreza en que yacen.
Materiales en mano empezamos la obra: lavamos, lijamos, pintamos, sembramos, deshierbamos, construimos y decoramos; una labor en la cual la mayoría éramos inexpertos pero con el pasar de los días fuimos mejorando. Fue una experiencia genial pues disfrutamos de nuestra compañía, la de los niños y entretanto también aprendíamos.
Cualquiera podría pensar que durante esta semana, aquellos que participaban del trabajo comunal no recibieron lecciones, sin embargo no se podría estar más equivocado, aprendimos muchas cosas algunas de ellas más importantes que otras, pero al final todas muy valiosas
Esta semana nos demostró como dijo Séneca: “nuestro defecto es aprender más por la escuela que por la vida.” Sin embargo en esta oportunidad pudimos conjugar la escuela y la vida exitosamente.
Al final de nuestra viisita salimos de ese lugar dejándolo un poco mejor que cuando llegamos, con la satisfacción de la labor cumplida y tras de nosotros la bandera de Costa Rica hondeando en el asta como símbolo de la esperanza que no se debe apagar jamás…
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